Atlas Runa
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Beginner Spanish Stories

La ratita presumida

Había una vez una ratita que se llama Rita. Rita vive en una casita limpia al borde del campo. Cada mañana abre las ventanas, barre el suelo y pone flores en un vaso. —Mi casa es la más limpia del mundo —dice Rita frente al espejo—. Y yo soy muy bonita.
Un día soleado, Rita hace sopa en la cocina. Mientras la sopa calienta, escucha pasos en la puerta. Es el gato del vecino. —Rita, Rita —dice el gato con voz suave—. ¿Quieres ser mi amiga para siempre? ¿Quieres casarte conmigo?
Rita mira al gato. Tiene bigotes largos y ojos verdes. —¿Cómo cantas por la noche? —pregunta ella. —Miau, miau, miau —responde el gato.
Rita cierra la puerta un poco. —No, gracias. Ese canto me da un poco de miedo.
El gato se va. Rita vuelve a la sopa. Pronto llama otra vez alguien: el perro del molino. —Rita, eres limpia y lista. Ven conmigo.
—¿Cómo ladras? —pregunta Rita. —Guau, guau, guau —dice el perro, muy fuerte.
Las ventanas tiemblan. Rita se tapa las orejas. —Demasiado ruido. No, gracias.
Después viene un gallo. —¡Kikirikí! —canta desde el patio.
—Bonito, pero muy temprano cada día —dice Rita—. No, gracias.
Por fin llega un ratoncito gris llamado Tomás. No es muy grande. No habla alto. Trae un pan pequeño y una flor. —Hola, Rita. Tu casa huele bien. ¿Puedo ayudarte con la sopa?
Rita sonríe. —¿Cómo hablas por la noche? —Hablo bajito —dice Tomás—. Y cuento historias.
A Rita le gusta eso. Abre la puerta del todo. —Entra, Tomás. La sopa está casi lista.
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Los dos ponen la mesa. Rita está contenta. Quiere mostrar que es la mejor cocinera. Sube a una silla para mirar la olla. La silla se mueve. Rita da un grito. La tapa cae. Un poco de sopa salta al fuego. Hay humo. —¡Fuego! —grita Rita. Tiene miedo.
Tomás no corre lejos. Trae un jarro de agua y ayuda. El humo baja. La cocina está sucia ahora: cucharas en el suelo, pan mojado, flores caídas. Rita se sienta. Ya no mira el espejo. —Mi casa no está limpia —dice en voz baja—. Y yo no soy perfecta.
Tomás barre un poco a su lado. —No pasa nada. Limpiamos juntos. La sopa que queda aún se puede comer.
Esa tarde, los dos fregan el suelo. Abren la ventana. Entra aire fresco. Rita ríe por primera vez sin mirarse al espejo. Cuando anochece, hay dos platos en la mesa limpia otra vez. No hay visita del gato ni del perro. Solo hay una casa pequeña, un poco de pan, y dos ratones que hablan bajito de cosas simples: el campo, la lluvia, y la sopa del día siguiente.
El sol baja despacio. En la calle se oyen pasos, una puerta, un perro. Nadie corre. Todo sigue el ritmo normal del pueblo.
Pasan unos minutos en silencio. Después, una voz lejana llama a alguien por su nombre. Un carro pasa por las piedras. Huele a pan y a tierra mojada.
—¿Todo bien? —pregunta una vecina desde la ventana. —Sí —responden desde abajo—. Solo un día largo.
Dentro de la casa, la luz de la lámpara es pequeña y amarilla. Hay una silla, una mesa, una jarra de agua. Alguien sirve un vaso. Alguien se sienta. Alguien mira la puerta un segundo, como si esperara una visita más.
Fuera, el cielo se pone oscuro. Las primeras estrellas aparecen. El viento mueve una rama. Un gato cruza el patio sin prisa. La noche no trae prisa tampoco.
Antes de dormir, repiten en voz baja lo que ha pasado: el camino, el susto, la risa, el regreso. No hace falta un discurso. Basta con estar en casa, con la mesa limpia y la ventana cerrada. Mañana el pueblo se despierta otra vez, y la historia queda en la memoria como un cuento contado al lado del fuego.

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