En una granja de Castilla nace un pollito muy especial. Solo tiene una pata, un ojo y un ala. Por eso todos lo llaman el Medio Pollito. —No puedo escarbar bien —dice el Medio Pollito—. No quiero quedarme en la granja para siempre. Quiero ir a Madrid. Quiero ver al rey.
La gallina madre se preocupa. —Madrid está lejos. El camino es largo. Quédate.
Pero el Medio Pollito es testarudo. Una mañana sale por el camino con un trozo de pan. Salta a su manera, cojeando, y canta: —¡A Madrid, a Madrid!
En el camino ve un arroyo. El agua está sucia con hojas y no puede pasar bien. —Medio Pollito —dice el agua—, ayúdame. Quita estas hojas. —No tengo tiempo —responde él—. Voy a la ciudad. Ayúdate sola.
Sigue el camino. Más adelante hay un fuego pequeño entre piedras. El fuego es débil. —Medio Pollito, dame dos ramitas. Me apago. —No —dice el pollito—. Tengo prisa.
Luego el viento sopla débil entre los árboles. —Medio Pollito, sopla un poco conmigo. Estoy cansado. —Yo solo tengo un ala —ríe él—. No ayudo. Voy a Madrid.
Al final ve las casas altas de la ciudad. Madrid es ruidosa. Hay gente, carros y olores de cocina. El Medio Pollito llega a un patio del palacio. Un cocinero lo ve. —¡Un pollo para la olla! —grita.
El cocinero lo mete en una olla con agua fría. El Medio Pollito tiene miedo. —¡Agua, ayúdame!
Pero el agua recuerda el camino. —Tú no me ayudas a mí —dice—. Ahora yo tampoco corro por ti.
El cocinero enciende el fuego bajo la olla. El Medio Pollito grita: —¡Fuego, no me quemes!
El fuego responde: —Tú no me das ramitas. Yo ardo igual.
El pollito salta como puede fuera de la olla y corre hacia la ventana. Quiere que el viento lo lleve lejos. —¡Viento, ayúdame!
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El viento da una vuelta lenta. —Tú no me ayudas en el camino —murmura—. Hoy soplo poco.
Un criado abre la puerta del patio. El Medio Pollito escapa cojeando hacia las calles. Está mojado, cansado y más callado que por la mañana. No ve al rey. Solo ve zapatos y piedras.
Al atardecer vuelve hacia el campo, más despacio. Pasa otra vez junto al arroyo. Esta vez se detiene. Con su única pata empuja algunas hojas. El agua corre un poco mejor. —Gracias —susurra el agua.
El Medio Pollito no dice un discurso. Solo asiente y sigue. Cerca de la granja, la gallina madre lo ve y lo abriga con el ala. —Madrid es grande —dice el Medio Pollito—. Mañana ayudo en el corral.
Por la noche, el viento mueve suavemente la paja del tejado. El fuego de la cocina de la granja es pequeño y controlado. El agua del arroyo canta lejos. Y el Medio Pollito duerme en su nido, con un camino a Madrid todavía en la cabeza, pero con las patas —la pata— ya en casa.
El sol baja despacio. En la calle se oyen pasos, una puerta, un perro. Nadie corre. Todo sigue el ritmo normal del pueblo.
Pasan unos minutos en silencio. Después, una voz lejana llama a alguien por su nombre. Un carro pasa por las piedras. Huele a pan y a tierra mojada.
—¿Todo bien? —pregunta una vecina desde la ventana. —Sí —responden desde abajo—. Solo un día largo.
Dentro de la casa, la luz de la lámpara es pequeña y amarilla. Hay una silla, una mesa, una jarra de agua. Alguien sirve un vaso. Alguien se sienta. Alguien mira la puerta un segundo, como si esperara una visita más.
Fuera, el cielo se pone oscuro. Las primeras estrellas aparecen. El viento mueve una rama. Un gato cruza el patio sin prisa. La noche no trae prisa tampoco.
Antes de dormir, repiten en voz baja lo que ha pasado: el camino, el susto, la risa, el regreso. No hace falta un discurso. Basta con estar en casa, con la mesa limpia y la ventana cerrada. Mañana el pueblo se despierta otra vez, y la historia queda en la memoria como un cuento contado al lado del fuego.
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