Atlas Runa
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Beginner Spanish Stories

El Ratoncito Pérez

En un pueblo pequeño de España vive un niño que se llama Luis. Luis tiene siete años. Tiene una habitación pequeña con una ventana y una cama azul. Cada noche, su madre le da un beso y apaga la luz.
Una tarde, Luis come una manzana. De pronto, siente algo raro en la boca. Mueve la lengua y… ¡un diente se mueve! —¡Mamá! —grita—. ¡Mi diente!
La madre sonríe. —Es normal, Luis. Los niños pierden los dientes de leche. Pronto tienes un diente nuevo.
Por la noche, el diente cae. Luis lo mira en la mano. Es pequeño y blanco. —¿Qué hago con el diente? —pregunta.
El padre se sienta a su lado. —En España hay un ratón muy especial. Se llama el Ratoncito Pérez. Si pones el diente bajo la almohada, el ratón viene de noche. Él se lleva el diente y deja un regalo.
Luis abre los ojos grandes. —¿Un ratón en mi casa? —Un ratón bueno —dice la madre—. Duerme. Él viene cuando todo está quieto.
Luis pone el diente bajo la almohada. Se acuesta, pero no duerme enseguida. Escucha el reloj. Escucha un perro lejos. Piensa en un ratón con chaqueta y zapatos.
En el tejado del pueblo, el Ratoncito Pérez camina con una linterna pequeña. Conoce muchas casas. Conoce muchos niños. Lleva un saco con monedas y dulces. Esta noche, la lista dice: “Luis, calle Mayor, diente de abajo.”
El ratón entra por una rendija. La casa está en silencio. Sube las escaleras. Abre un poquito la puerta de la habitación de Luis. Luis duerme con la boca un poco abierta.
El Ratoncito Pérez levanta la almohada con cuidado. Toma el diente y lo guarda en una cajita. En el mismo sitio deja una moneda brillante y una nota pequeña. La nota dice: “Gracias por el diente. Cuida el nuevo. —Pérez.”
El ratón mira al niño un segundo. Después baja las escaleras y sale otra vez a la noche del pueblo. Visita dos casas más. En una deja un caramelo. En otra deja una moneda. El saco se pone más ligero.
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Por la mañana, el sol entra por la ventana. Luis se despierta. Mete la mano bajo la almohada. No hay diente. Hay una moneda fría y una nota. —¡Mamá! ¡Papá! ¡El Ratoncito Pérez viene de verdad!
La familia desayuna juntos. Luis pone la moneda en una caja roja. En la escuela, cuenta la historia a sus amigos. Algunos ya conocen al ratón. Otros abren la boca y miran sus dientes.
Esa tarde, Luis se mira en el espejo. En el hueco del diente no hay nada todavía. Pero él sonríe igual. Por la noche, mira la almohada un momento antes de dormir. La casa está quieta. El pueblo está quieto. Y en algún tejado, un ratón especial prepara otra vez su linterna y su saco para los niños del día siguiente.
El sol baja despacio. En la calle se oyen pasos, una puerta, un perro. Nadie corre. Todo sigue el ritmo normal del pueblo.
Pasan unos minutos en silencio. Después, una voz lejana llama a alguien por su nombre. Un carro pasa por las piedras. Huele a pan y a tierra mojada.
—¿Todo bien? —pregunta una vecina desde la ventana. —Sí —responden desde abajo—. Solo un día largo.
Dentro de la casa, la luz de la lámpara es pequeña y amarilla. Hay una silla, una mesa, una jarra de agua. Alguien sirve un vaso. Alguien se sienta. Alguien mira la puerta un segundo, como si esperara una visita más.
Fuera, el cielo se pone oscuro. Las primeras estrellas aparecen. El viento mueve una rama. Un gato cruza el patio sin prisa. La noche no trae prisa tampoco.
Antes de dormir, repiten en voz baja lo que ha pasado: el camino, el susto, la risa, el regreso. No hace falta un discurso. Basta con estar en casa, con la mesa limpia y la ventana cerrada. Mañana el pueblo se despierta otra vez, y la historia queda en la memoria como un cuento contado al lado del fuego.

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