En un barrio de Puerto Rico vive un muchacho que todos llaman Juan Bobo. No es malo. Solo entiende las cosas de forma muy literal. Su madre lo quiere mucho, y también se cansa mucho. —Juan, hoy vas al mercado —dice la madre—. Lleva estos huevos con cuidado. No corras. No juegues. Vuelve con dinero o con arroz.
Juan Bobo toma la cesta de huevos. —Sí, madre. Con cuidado.
Sale al camino. El sol es fuerte. Un vecino pasa a caballo. —Juan, ¿por qué vas tan despacio? —Mi madre dice: no corras —responde Juan.
Más adelante ve a unos niños que juegan a la pelota. La pelota cae cerca de la cesta. Juan quiere ayudar. Levanta la cesta para que la pelota no la toque… y los huevos bailan. Uno se rompe. Luego otro. —Oh no.
Juan mira los huevos rotos. Piensa. —Madre dice: vuelve con dinero o con arroz. Ahora no hay huevos. Busco arroz.
En el mercado, un vendedor lo ve con la cesta sucia. —Juan Bobo, ¿qué te pasa? —Necesito arroz. Pero no tengo dinero. Tengo… huevo en la cesta.
El vendedor suspira y le da un saquito pequeño de arroz a cambio de limpiar el puesto un rato. Juan barre, ordena cajas y sonríe. —Gracias —dice.
En el camino de vuelta, llueve un poco. Juan no quiere que el arroz se moje. Se quita la camisa y tapa el saco. Luego ve un charco y piensa en no correr. Camina tan despacio que la madre ya cocina y mira la puerta.
Cuando llega, está medio mojado, sin camisa bien puesta, con un saco de arroz y una cesta con cáscaras. —¡Juan! ¿Dónde están los huevos? —Se rompen en el camino. Pero hay arroz. Y no corro.
La madre cierra los ojos un momento. Después ríe a pesar suyo. —Entra. Te seco. El arroz sirve. Los huevos… mañana voy yo.
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Juan se sienta en la cocina. Huele a cebolla y a café. Cuenta el camino: el caballo, la pelota, el mercado, la lluvia. La madre escucha y mueve la cabeza. —Tú tienes buen corazón, Juan. Solo necesitas… menos ideas raras.
Por la noche, Juan mira la cesta vacía y el saco de arroz en la mesa. No se siente listo como los otros muchachos del barrio. Pero cuando la madre le sirve un plato simple, él come contento. Afuera, el barrio suena con coquíes y voces lejanas. Adentro, la casa es pequeña y segura. Y Juan Bobo, antes de dormir, repite en voz baja: —Mañana, si llevo huevos… la cesta va con las dos manos. Sin pelota. Sin corridas.
La madre, desde la otra habitación, sonríe en la oscuridad. Mañana habrá otro recado. Y, con suerte, un poco menos de bobadas… o al menos, el mismo corazón bueno en el camino al mercado.
El sol baja despacio. En la calle se oyen pasos, una puerta, un perro. Nadie corre. Todo sigue el ritmo normal del pueblo.
Pasan unos minutos en silencio. Después, una voz lejana llama a alguien por su nombre. Un carro pasa por las piedras. Huele a pan y a tierra mojada.
—¿Todo bien? —pregunta una vecina desde la ventana. —Sí —responden desde abajo—. Solo un día largo.
Dentro de la casa, la luz de la lámpara es pequeña y amarilla. Hay una silla, una mesa, una jarra de agua. Alguien sirve un vaso. Alguien se sienta. Alguien mira la puerta un segundo, como si esperara una visita más.
Fuera, el cielo se pone oscuro. Las primeras estrellas aparecen. El viento mueve una rama. Un gato cruza el patio sin prisa. La noche no trae prisa tampoco.
Antes de dormir, repiten en voz baja lo que ha pasado: el camino, el susto, la risa, el regreso. No hace falta un discurso. Basta con estar en casa, con la mesa limpia y la ventana cerrada. Mañana el pueblo se despierta otra vez, y la historia queda en la memoria como un cuento contado al lado del fuego.
Comprehension Quiz
¿Qué debe llevar Juan Bobo al mercado?
¿Por qué se rompen los huevos?
¿Cómo consigue Juan el arroz?
¿Qué le dice la madre al final?
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