En una calle soleada del Caribe vive una cucarachita muy limpia. Se llama Martina. Cada mañana barre su casita, lava su vestido y se mira al espejo. —Hoy quiero salir bonita —dice.
Mientras camina por la calle, ve algo brillante cerca de la acera. Es una moneda. Martina la levanta con cuidado. —¡Dinero! —sonríe—. Con esto compro polvos de arroz para estar más bonita.
En la tienda, la vendedora le da una cajita rosa. —Aquí tienes, Martina. Que te quede muy bien.
Martina vuelve a casa, se pone los polvos y sale al balcón. Huele a café y a pan. Pronto pasan pretendientes.
Primero llega el gato. —Martina, qué bonita estás. ¿Quieres casarte conmigo? —¿Cómo cantas por la noche? —Miau, miau… —Demasiado de gato —dice Martina—. No, gracias.
Luego llega el perro. —¿Casamos, Martina? —¿Cómo cantas? —Guau, guau, guau. —Muy fuerte para mi calle. No, gracias.
Luego el gallo: —¡Kikirikí! —Muy temprano cada día —dice Martina.
Por fin llega un ratoncito elegante con sombrero. Se llama Pérez. —Buenos días, Martina. Estás muy bonita. Yo no canto alto. Hablo bajito y me gusta la sopa.
Martina ríe. —Me gusta cómo hablas. Sí, Pérez. Casamos.
Hacen una fiesta pequeña en la casa de Martina. Hay vecinos, música suave y un plato grande de sopa en la mesa. Martina está feliz. Pérez también.
Al día siguiente, Martina sale un momento a la calle a comprar pan. —Pérez, cuida la sopa. No te caigas dentro —dice en broma.
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Pérez se acerca a la olla. Huele tan bien… Se sube a la silla. Quiere revolver. La silla se mueve. ¡Plaf! Pérez cae en la sopa. —¡Ayuda! —grita desde la olla.
Martina vuelve y lo saca rápido. Pérez está mojado, con fideos en el sombrero. Los dos se miran y, después del susto, se ríen. —La sopa está demasiado caliente para nadar —dice Pérez.
Limpian la cocina juntos. Cambian el agua. Hacen una sopa nueva, más simple. Por la tarde se sientan en el balcón. La calle sigue con su ruido alegre: voces, ruedas, un radio lejos. Martina ya no piensa solo en polvos y en estar bonita. Piensa en la casa, en la olla y en un ratón con sombrero mojado que ahora se seca al sol.
Cuando anochece, encienden una lámpara pequeña. La moneda del principio ya no está, pero la casita sigue limpia, y en la mesa hay dos platos. Martina y Pérez comen despacio. Abajo, la calle del barrio sigue viva, y arriba, en el balcón, dos vecinos nuevos empiezan su vida con olor a sopa y a pan.
El sol baja despacio. En la calle se oyen pasos, una puerta, un perro. Nadie corre. Todo sigue el ritmo normal del pueblo.
Pasan unos minutos en silencio. Después, una voz lejana llama a alguien por su nombre. Un carro pasa por las piedras. Huele a pan y a tierra mojada.
—¿Todo bien? —pregunta una vecina desde la ventana. —Sí —responden desde abajo—. Solo un día largo.
Dentro de la casa, la luz de la lámpara es pequeña y amarilla. Hay una silla, una mesa, una jarra de agua. Alguien sirve un vaso. Alguien se sienta. Alguien mira la puerta un segundo, como si esperara una visita más.
Fuera, el cielo se pone oscuro. Las primeras estrellas aparecen. El viento mueve una rama. Un gato cruza el patio sin prisa. La noche no trae prisa tampoco.
Antes de dormir, repiten en voz baja lo que ha pasado: el camino, el susto, la risa, el regreso. No hace falta un discurso. Basta con estar en casa, con la mesa limpia y la ventana cerrada. Mañana el pueblo se despierta otra vez, y la historia queda en la memoria como un cuento contado al lado del fuego.
Comprehension Quiz
¿Cómo se llama la cucarachita?
¿Qué encuentra Martina en la calle?
¿Con quién se casa Martina?
¿Dónde cae Pérez?
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